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No tomes el nombre del flamenco en vano


Al igual que no es necesaria la formación científica para saber que si llenas una botella de Ribera del Duero de leche no se convierte en vino por el envase, tampoco es flamenco todo lo que reluce y últimamente es mucho. La eclosión mediática de la joven Rosalía y, en menor medida, del Niño de Elche han vuelto a avivar un debate, por otra parte, periódico y añejo. En un país con una tendencia incorregible al maximalismo, en el que el paisaje social, incluido el artístico, se suele pintar con brocha gorda y sin espacio en el lienzo para los grises este frentismo es más que previsible ¿Es necesario detestar una cosa para ensalzar otra? No parece obligatorio.


Bien puede admitirse que, en el caso de la cantante, que no cantaora, catalana su voz suena melodiosa, altamente agradable y que el celofán que envuelve el producto, léase vestuario, complementos o coreografías es de indiscutible calidad. Por no hablar de sus responsables de marketing y relaciones con los medios que son, sin discusión, unos figuras. Entre aquella célebre expresión de Tía Anica la Piriñaca (en la foto), “cuando canto la boca me sabe sangre”, y convertir los palos flamencos en cancionero propio del Festival de Eurovisión debe haber un término medio. No se trata tanto de ser purista como de ser medianamente serio en el juicio del arte más universal con el que cuenta este país.


Uno, que atesora varios decenios de afición en colmaos y peñas, sin duda el hábitat más natural del cante, sostiene que la jondura de una soleá o una seguiriya, en esencia, es incompatible con un sintetizador o con una gaita digital si la hubiere ¿Se puede hacer? Por supuesto, pero antes de ser revolucionario en la obra habría que serlo en la denominación. Llamar a eso flamenco sería como calificar de cine de autor un vídeo de boda, por poner un ejemplo excesivo pero elocuente.


Que ‘Catalina’ suena bien en la boca de Rosalía es indudable, como lo es que, si se tiene la referencia de cómo la interpretaba Manuel Vallejo, uno de los grandes de siempre, las comparaciones afloran sin querer. Ni una es mejor ni otra peor, simplemente son conceptos muy distintos. Con estos mimbres surge el cesto de la gran duda ¿Por qué es necesario cada cierto tiempo impostar una voz revolucionaria en el flamenco? Mi señora madre, que en gloria esté, me hizo durante medio siglo el cocido con la misma receta y nunca me cansé de comerlo.


La historia está llena de nombres ilustres que, en su día, fueron altamente sospechosos para los ultraortodoxos. Nada menos que a Caracol, Camarón y Morente les cayó esa acusación sobre sus espaldas. La diferencia, abismal, es que ese trío celestial ejecutaba el cante por derecho como los dioses, dicho sea por un agnóstico, y, por tanto, antes de embarcarse en inciertas aventuras contaban con un legado formidable. Fueron cantaores antes que transgresores. Es decir, no empezaron la casa por el tejado.


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