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En el nombre de Dylan


Uno tuvo alguna vez dieciséis años y todavía se acuerda, un síntoma muy de agradecer en estas edades más cercanas a la prótesis de cadera que al acné. Quizás estaba escrito en ese destino, aunque creo en él lo mismo que en los Reyes Magos. De otro modo se entiende malamente que aquel jovenzuelo fuera a comprar la BSO de Grease y acabara devoto perdido de por vida de ese Bob Dylan que está de gira por España con 82 años mientras a mí me da pereza bajar a por el pan de molde. Y así fue.


El disco de esa peli venía a complementar mi chupa travoltera de escay por mor de una economía familiar que no alcanzaba para el cuero. Sin embargo, para gran disgusto, la aguja saltaba en el vinilo como yo cuando, muchos años después, ganamos la Séptima. Indignado me fui a El Corte Inglés para que me lo cambiaran, pero, dado el furor por John y Olivia, no quedaban existencias. Paradójicamente, eso hizo que cambiara la mía.


Mi proverbial impaciencia me llevó a cambiar ese doble álbum por dos. Uno fue ‘Punto sin retorno’ de Kansas, con la maravillosa ‘Polvo en el viento’, y el otro acababa de salir. Era ‘Street Legal’ de un tal Bob Dylan de quien, por supuesto, había oído hablar, pero no escuchado más allá de algún retazo perdido en la radio sin prestar demasiado atención. No me hago cargo de la sensación de los pastorcillos cuando se les apareció la Virgen de Fátima, pero sería similar a la que me embargó nada más escuchar ese ‘Sixteen years’… con el que comenzaba ‘Cambio de guardia’.


Nada comparado con la epifanía de días después cuando, cautivado por Dylan, mi buen amigo, todavía hoy los somos casi medio siglo después, Antonio el Chincheto (en el barrio eran comunes estos apelativos aristocráticos) me pasó una cinta de cassette de su hermano mayor con los Grandes Éxitos volumen I de don Robert Zimmerman pues ya había investigado sobre él. Por supuesto, ni había para chupas de cuero, ni tampoco para mucho dispendió en obras originales. De este modo, la cinta era de un curso de inglés que, con el recurrente truco de poner en la parte superior dos trocitos de papel celo, se podía regrabar.


Solo muchos años después cuando, por otra bendita casualidad, entré en un colmao flamenco y lo viví madrugadas y amaneceres en su esencia, tuve una sensación similar, aunque la del flamenco haya sido más duradera e intensa. Esa sensación de haber encontrado, si no tu sitio en el mundo, sí la playlist que se dice ahora que elegirías si la vida fuese eterna. Fue tal el machaque dylaniano en casa con la cinta regrabada que la santa y estupenda coplera que era mi madre acabó del ‘Blowin’ in the wind’ hasta el moño. Y eso que identificó que, con la misma música, se cantaba en misa aquello de ‘saber que vendrás, saber que estarás partiendo a los hombres su pan’.


Para gustos los colores, pero cuando uno, que no sabe ni papa de inglés, lee las letras de sus canciones y se empapa de ese poderío poético a menudo tan intricado como inimitable, se reafirma en que no ha habido mayor juglar contemporáneo, ni lo habrá

El resto fue ya voracidad discográfica cuando uno comenzó a tener posibles, conciertos, bibliografía y recortes de prensa. Todo ello se exhibe en casa en una especie de altar pagano. Un reportaje de 1978 de la revista Blanco y Negro, precisamente el año de ‘Street Legal’, la entrada del concierto del 84 en el campo del Rayo con Santana de telonero, ahí es nada, y alguna más. Incluso uno ha sido testigo de ver a Dylan sonreír en La Riviera y subir a una joven a bailar al escenario, dentro de las limitaciones propias de su estilo.


Para gustos los colores, pero cuando uno, que no sabe ni papa de inglés, lee las letras de sus canciones y se empapa de ese poderío poético a menudo tan intricado como inimitable, se reafirma en que no ha habido mayor juglar contemporáneo, ni lo habrá. Recuerdo casi de memoria, y no es fácil ya, la última estrofa de ‘To Ramona’ que me puso en el camino de su tesoro literario (para mi gusto mayor que el de don Jacinto Benavente a quien también le dieron el Nobel, por cierto). Hoy, claro, la he tenido que buscar. El más grande y sabido es que no discuto cuando tengo razón.


Te hablaría siempre

pero pronto mis palabras

se volverían un zumbido sin significado

pues en el fondo de mi corazón

yo sé que no hay ayuda que te pueda prestar

todo pasa, todo cambia

haz solo lo que creas que debes hacer

y quizás algún día, quién sabe, nena

acudiré llorando a ti”

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